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El quinto día, de Frank Schätzing

Nunca una novela de 1176 páginas se hizo tan corta. Y raramente sentiremos mayor “vergüenza de especie” que al leerla. Vergüenza por lo inconsciente que es el ser humano y vergüenza por lo débil que es ante la Naturaleza.

La novela empieza con un pescador que pierde la vida a causa de que el exceso de pesca en sus redes lo arrastra al fondo. Un incidente desafortunado. La vida de un pobre al mar. Uno más. Pero poco a poco los acontecimientos se van sucediendo. Cada vez es más evidente. Cada vez más extraño y mortal

El uinto día

La venganza del mar

Parece que el mar haya tomado conciencia de sí mismo y les esté devolviendo el daño, escupiéndoles a esos estúpidos bípedos sin pelo de la superficie. Son muy pocos los que se dan cuenta y pocos son también los que los toman en serio, a pesar de la invasión desde las fosas abisales de seres mutados que son más mortíferos que la más cruel de las armas.

No vamos a desvelar el resto de la historia. De hecho, ya hemos avanzado demasiado en el libro. Por suerte no hemos descubierto, ni vamos a hacerlo, nada sobre su protagonista. Del mismo modo, tampoco vamos a hablar de tecnologías ni de cómo se aplican. Es más, por importante que sea el papel de ésta, no tiene relevancia si lo comparamos con la parte “no tecnológica” del relato.

¿De verdad tenemos derecho a considerarnos seres superiores?

Lo que sí es muy interesante es la reflexión que se queda en la cabeza del lector, ese zumbido que dejan las buenas historias y que no sólo nos esta incordiando durante unos días, sino que de vez en cuando regresa para recordarnos que somos en buena parte lo que leemos.

Y, en este caso, buena parte de ese zumbido coincide con las dos preguntas básicas de la novela: ¿Qué ocurriría si estuviéramos compartiendo planeta con un ser inteligente? ¿Y que ocurriría si, tras millones de años de silencio, ese ser decidiera entrar en guerra con la humanidad cuyo maltrato ha estado soportando en silencio?

La lectura de El quinto día nos deja un regusto extraño. Por una vez, queremos que la humanidad pierda la guerra. No para que se extinga. No para que se la someta. Queremos que a derroten para que aprenda, para que se dé cuenta de que no es más que una enfermedad, una bacteria en la piel del planeta. Y éste puede empezar a tomar antibióticos en cuanto considere conveniente hacerlo.

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