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Qué tendrá Gulliver

De vez en cuando a todos nos da por bucear en los orígenes, y últimamente estoy queriendo averiguar cuáles son las primeras obras de ciencia ficción de todos los tiempos, en cine y literatura (algún día vendré a hablar sobre alguno de ellos). Cómo no, empecé mi búsqueda en Internet. Muchos de los libros señalados datan de los siglos XIX e incluso XVIII. Uno de ellos es Los viajes de Gulliver.

Resulta que hay todo un subgénero de posts en la red discutiendo las razones para considerar una obra como perteneciente, o no, a la gran familia de la ciencia ficción. Personalmente soy muy aficionado a la clasificación, me encantan esas discusiones con grandes argumentos sobre pequeños detalles, y me he leído todos los que he podido. Gulliver es uno de esos textos que se quedan rozando el límite.

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De hecho, es ya un clásico comenzar afirmando cosas del tipo “para algunos críticos, Gulliver no es ciencia ficción”, cuando en realidad servidor no ha leído todavía a nadie que defienda que debe quedar excluido. Son los propios autores de esas palabras quienes le ponen pegas con una parte del cerebro, mientras con la otra concluyen que, por supuesto, Gulliver es uno de los puntales del género.

Si parece queso, huele a queso y sabe a queso, ¿qué será?

Con un poco de psicomagia podemos intuir qué parte del cerebro piensa cada cosa. El hemisferio que se resiste es el lado “ciencia”; el hemisferio que goza es el lado “ficción”. Puede que haya poca ciencia en la obra (lo cual tampoco es cierto, es un tema al que el autor recurre repetidamente), pero desde luego hay una ficción rematadamente buena (que tampoco es exactamente ficción, sino una sátira distópica concienzudamente mal enmascarada).

Travels into Several Remote Nations of the World, in Four Parts. By Lemuel Gulliver, First a Surgeon, and then a Captain of Several Ships (que así se llama de verdad, y en inglés, ni más ni menos) es una novela de 1726 del genial Jonathan Swift, autor también de obras como Historia de una barrica o The benefit of farting (que yo traduciría libremente como Los beneficios de peerse).

Creo que al verdadero aficionado no le interesan tanto los nanomuelles de un robot o el tiempo futuro en sí, como la imaginación y recreación de otros mundos. Y de eso Gulliver ofrece cuatro. Hace alguna predicción, también, pero es lo de menos. Lo grande, como en 1984 o Un mundo feliz, es una fantasía desabrochada, tristemente arraigada en una muy criticable realidad.

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